La celebración del 15 de enero, nos vuelve la mirada hacia uno de nuestro Fundadores, Arnoldo Janssen. Hoy miramos algunos rasgos de su liderazgo: Visión, gestión, construcción de equipos, animación y asunción de riesgos a la luz de la reflexión-estudio de nuestro hermano verbita, el P. Andrzej Miotk, SVD Historiador SVD.

El P. Arnoldo Janssen permitió que la providencia de Dios trabajara en él respondiendo de todo corazón a la llamada de Dios y se convirtió verdaderamente en un hombre de Dios. Aunque el P. Arnoldo a primera vista podría parecer un hombre piadoso, pero sin grandes capacidades, poco práctico y con falta de sabiduría, tacto y discernimiento para iniciar la fundación, creció y se transformó gradualmente en un líder que realizó cosas extraordinarias para Dios y para la Iglesia. Como líder, no sólo hizo las cosas bien, sino que hizo las cosas correctas en tiempos extremadamente turbulentos (“cuando todo parece estar temblando y hundiéndose”) para que el Dios Trino pueda vivir en los corazones de todas las personas. Su liderazgo en sus fundaciones se combina perfectamente con las cinco características de un verdadero líder: Visión, Gestión, Construcción de equipos, Animación y Asunción de riesgos.

  1. Visión. El P. Arnoldo llevaba en su obra y sus fundaciones una visión orientada al futuro promoviéndolas a través de la prensa y los retiros. Seguía su grandiosa visión misionera con toda determinación, siempre y cuando tuviera la convicción de que Dios lo quería. El P. Arnoldo era por naturaleza prudente y reflexivo, dotado de una mente matemática. Aprendió a planificar estratégicamente las prioridades y supo llevar a cabo la visión en pasos posibles. Su realismo misionero se puede ver en la toma de decisiones, por ejemplo, cuando aceptaba nuevas misiones. Como el ministerio entre los migrantes europeos en América Latina. Su sabiduría lo llevaba a ser extremadamente cauteloso al asumir una nueva misión y seleccionar al principio buenos líderes. Buscaba mucha información, estudiaba libros y mapas sobre geografía, clima, cultura, idiomas del territorio y evaluaba cuidadosamente las circunstancias para tomar su decisión final con “calma interior”. Consultaba la experiencia y pedía consejo a otros, tomándose tiempo y orando al Espíritu Santo, “El bien crece lentamente. El Señor no nos pide más de lo que podemos hacer. Pero debemos evitar un celo excesivo porque en él hay mucho más espíritu personal que el de Dios. Dios no pide nada imposible, sino que procede en armonía en todas las circunstancias (...)”. Su visión omnipresente surgió de su equilibrio armonioso entre la vida activa y la contemplativa y se concretó en la búsqueda constante de la voluntad de Dios y su cumplimiento. Esto se convirtió en la única guía para su vida y misión.
  2. . Gestión. El P. Arnoldo era también un líder que sabía organizar a la gente y los recursos disponibles para la misión. Los comienzos de sus fundaciones fueron desafiantes. No había nada para comenzar, ninguna regla, ninguna tradición, ninguna base adecuada para proceder con confianza. Su máxima prioridad era la adecuada gestión de los recursos humanos. Por lo tanto, la formación de los futuros misioneros era en lo que ponía más atención. Los educaba en el espíritu de sacrificio y destacaba la sólida formación de la mente en cumplimiento de las exigencias del trabajo misionero. En la selección de candidatos para la Congregación era muy prudente y ponía a prueba sus motivaciones. El Fundador exigía un espíritu totalmente religioso, fidelidad a la vocación, voluntad de trabajar y gran amor a la oración. Procedía estratégicamente tratando de descubrir en una etapa temprana a los cohermanos que podrían ser destinados a posiciones importantes y los destinaba a los ministerios para probar sus capacidades. Supervisaba su formación para que pudieran administrar sus futuras tareas: “A menudo los obstáculos y las dificultades servirán para llevar a algunos cohermanos a posiciones que sean instructivas y que los preparen para el futuro”.
  3. Construcción de equipos. El P. Arnoldo era un jefe de equipo que buscaba el interés común, aunque esto no le fuese reconocido, y tampoco cuidaba el prestigio personal. Huía de todos los honores y prohibía a los cohermanos hacer adulación de sus discursos oficiales. El espíritu del Fundador se resume en las palabras a un cohermano de Chile (1904), “Merece la pena la vida de quien lo da todo”. Arnoldo entendía la misión como un acto de amor, de entrega de sí mismo, que se opone a nuestra cultura dominante y secular de confort, de realización de sí mismo y de falta de sacrificio y sufrimiento. Al igual que los buenos líderes, trabajaba continuamente para aumentar sus puntos fuertes y mejorar sus debilidades. El Fundador mostraba una extraordinaria confianza en Dios y un autocontrol impresionante que lo llevaba a ser muy enérgico, pero nunca a enojarse. En las reuniones de los superiores de las congregaciones religiosas, impresionaba a sus homólogos con su prudencia y serenidad. Cuando los demás se emocionaban, él permanecía tranquilo. Lo que él creía lo lograba con gran energía y constancia, sin excitación. Aprendió a mirarse en el espejo y vio sus limitaciones. Ya en el seminario menor de Gaesdonck, tuvo que repetir un año. Después como Superior General, recibió las acusaciones graves presentada por el P. Wilhelm Gier en 1901. Eran unas acusaciones de cincuenta y seis páginas que lo hizo pensar en dimitir. Finalmente, el P. Arnoldo concluyó que la verdadera humildad no exige que vayamos contra la verdad. Su humildad se combinaba con la prudencia y el estricto sentido de la justicia hacia todos, sin importar su estatus. En sus más de 8000 cartas era franco y directo. En sus palabras y hechos practicaba la sencillez, la modestia, la sinceridad y era un enemigo declarado del exceso, de la ostentación y de las reacciones. En su opinión, el deber del superior es mantener la paz en la comunidad, nivelar los conflictos, reintegrar el orden establecido y cuidar a los cohermanos enfermos. Gozaba mucho del espíritu de familia que animaba a sus comunidades religiosas. Respetaba los procedimientos jerárquicos, pero también se mostraba firme en defender los derechos de la Congregación contra las injustas interferencias de las autoridades superiores de la Iglesia.
  4. Animación. Nuestro Fundador fue un líder motivacional, capacitando y empoderando a otros para actuar. Detrás de su formalidad necesaria, había un sentimiento de calidez, sinceridad, humildad y cuidado genuino por sus cohermanos. Como es evidente, el biógrafo de Arnoldo retrató antes la imagen de un superior severo, inflexible, exigente. Pero leyendo las cartas del Fundador surge un superior compasivo y respetuoso que siempre actuaba teniendo en cuenta todas las partes involucradas y sus opiniones contrarias. Ganaba los corazones de muchos por su paciencia incansable, por su bondad y su coherencia. Tenía que trabajar para mejorar heroicamente. Esto fue constatado por el P. Völlmecke, observando los últimos años de la vida del Fundador. El P. Arnoldo se volvió tranquilo, amable y equilibrado. Repetía que no quería ser demasiado riguroso porque con amor y dulzura se llega a más que siendo rigurosos. Se metamorfoseó en un líder con la autoridad de un padre y el corazón de una madre. Así lo afirmó el P. Peter Schmitz. En consecuencia, el Fundador fue en primer lugar más respetado que amado. Su apariencia física, flaco y de pequeña estatura (164 cm.), dotado de una voz suave y con modestas habilidades oratorias, eran cosas que no estaban a su favor. Su temperamento era colérico y severo. El P. Reginaldus Geyer veía en él a un verdadero westfaliano de cabeza dura. El P. Arnoldo - incansable en su actividad - se dirigió a uno de los misioneros con las siguientes palabras: “Siempre orar, siempre trabajar, nunca cansarse” y esto constituyó su programa de vida.
  5. Asunción de riesgos. Arnoldo Janssen afrontaba desafíos y riesgos en el momento adecuado, reconociendo y aprovechando las oportunidades. Una vez dijo: “Vivimos en un tiempo en que mucho está colapsando, y hay que establecer nuevas cosas en su lugar”. A pesar de los duros comienzos en Steyl (1875-1878), el P. Arnoldo decía a los escépticos: “Debes evitar rechazar una meta sólo porque es momentáneamente inalcanzable”. Arnoldo poseía la característica fundamental de un líder, es decir, la capacidad de tomar decisiones, a veces complicadas. Decía que un obstáculo es insuperable hasta que no se haya hecho todo lo posible para vencerlo. Señaló que “cuanto más santo es el trabajo, mayores son las dificultades que se encuentran para realizarlo”. El P. Arnoldo las asumía con confianza ilimitada en Dios. Sabía esperar el momento adecuado, a pesar de los “retrasos”, a menudo incomprensibles en el contexto de la lógica humana. Y despidió a sus dos colaboradores más cercanos (Peter Bill y Franz Xaver Reichart) para afirmar su compromiso con el servicio a la verdad. Nuestra Congregación necesita líderes como hombres de Dios y con una visión encarnada en sus vidas, capaces de comunicarla y ponerla en práctica. Líderes como nuestro Fundador que sean aptos para alentar y motivar a otros a actuar con humildad y con un fuerte sentido de comunidad. Especialmente como líderes, al igual que nuestro Fundador, deben saber aprovechar todos los recursos materiales y humanos disponibles para que la Congregación cumpla su misión y compromiso.